¿Alguna vez te has detenido a pensar qué pasa detrás del telón cada vez que le pides a Gemini que te resuma un PDF, cree una imagen de ti en los años 80 o interprete una tabla de datos? En la era digital asumimos que todo lo virtual es limpio, casi etéreo.
Sin embargo, cada clic, cada consulta a la inteligencia artificial, y cada archivo que guardas en la nube equivale a dejar un foco encendido en casa: no hace ruido, pero la electricidad se está consumiendo en segundo plano y tiene un impacto real en el mundo tangible.
Cada vez que hacemos una consulta a un modelo de IA, la respuesta no se genera en nuestro teléfono o computadora, sino en enormes instalaciones conocidas como centros de datos: edificios repletos de miles de servidores especializados que trabajan las 24 horas del día para entrenar modelos, almacenar información y procesar millones de solicitudes simultáneamente. Son, en pocas palabras, las “fábricas” donde vive y opera la inteligencia artificial.
Tan solo en 2024, los centros de datos consumieron el equivalente a 1.5% de la electricidad mundial. Para dimensionar la escala, un centro de datos moderno puede llegar a consumir en un año tanta electricidad como 100,000 hogares. Y, después del boom de la IA, los centros de datos de nueva generación –anunciados por OpenAI, Google, Meta, Amazon, Oracle y xAI– podrían elevar esa demanda hasta el equivalente al consumo anual de 2 millones de hogares.
El problema no solo es la electricidad. El agua también forma parte de la ecuación, la industria de los centros de datos consumió cerca de 4,500 miles de millones de litros en el año (billion, en inglés). Esto sería el equivalente a llenar 1.8 millones de albercas olímpicas.
¿La solución es apagar las computadoras y dejar de usar IA? Absolutamente no. Nadie en su sano juicio quiere frenar la innovación ni la productividad. De lo que se trata es de aprender a usarla de forma más inteligente y sostenible por diseño. La buena noticia es que la solución ya se está construyendo desde tres frentes muy claros para cambiar la trayectoria.
El primero viene desde las entrañas de la infraestructura. La industria tecnológica está rediseñando el corazón de los centros de datos con tres apuestas urgentes: migración masiva a energías limpias (solar, eólica y geotérmica), sistemas de enfriamiento líquido reciclado que reduzcan drásticamente el uso de agua, y el desarrollo de modelos de IA más pequeños y especializados.
Hoy estamos viendo la llegada de las AI PC, que básicamente integran un chip especializado dentro del procesador principal: la NPU (Unidad de Procesamiento Neuronal). Imagínala como un pequeño cerebro dedicado exclusivamente a tareas de inteligencia artificial dentro de tu propia computadora.
¿Qué cambia esto en el mundo real? Que, para corregir un texto, desenfocar el fondo de una videollamada o procesar datos locales, la información ya no necesita hacer el viaje de ida y vuelta a un centro de datos. Se resuelve en tu escritorio, al instante, ahorrando un tramo enorme de infraestructura y energía.
Y el tercer frente nos toca directamente a nosotros en el día a día, con hábitos muy sencillos. Pequeños ajustes en tu rutina digital pueden tener un impacto enorme. Por ejemplo, si vas a hacer cinco preguntas muy parecidas, intenta agruparlas en una sola.
La inteligencia artificial es una de las herramientas más increíbles de nuestra era, con el potencial para acelerar la ciencia, potenciar industrias y ayudarnos a resolver problemas globales. Hacerla más verde no se trata de dar un paso hacia atrás en el progreso, sino dar un paso adelante en responsabilidad e ingeniería.
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Fuente de Información: FORBES