Durante años, las grandes empresas de Estados Unidos trasladaron parte de su producción hacia México para reducir costos, acercarse a su principal mercado y, más recientemente, depender menos de China. Ahora que Washington prepara la mayor revisión del T-MEC desde su entrada en vigor, esas mismas compañías lanzan una advertencia: reforzar la manufactura regional sí, pero sin desarmar la red de proveedores que convirtió a Norteamérica en una sola fábrica.
En una carta dirigida recientemente al representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, el United States Council for International Business (USCIB) pidió extender el tratado hasta 2042 y rechazó un endurecimiento generalizado de las reglas de origen, una de las principales medidas que analiza la administración de Donald Trump para la revisión del acuerdo.
La organización —que representa al sector privado estadounidense ante organismos como la OCDE y la Cámara de Comercio Internacional (ICC) y reúne empresas de prácticamente todos los sectores de la economía— coincide con la Casa Blanca en un objetivo: producir más dentro de Norteamérica y reducir la dependencia de China. Sin embargo, advierte que modificar ampliamente las reglas de origen podría terminar por debilitar precisamente esa estrategia.
"Cualquier ajuste a las reglas de origen debe realizarse en estrecha consulta con las empresas estadounidenses para garantizar que sigan siendo comercialmente viables, administrables para las autoridades aduaneras y compatibles con cadenas de suministro integradas", señala la carta enviada al representante comercial.
Hace apenas unos días, Greer confirmó en una entrevista que Estados Unidos y México ya trabajan en una revisión de las reglas de origen. La intención, explicó, es elevar el contenido regional no solo para la industria automotriz, sino también para sectores como electrónica y farmacéuticos, con el objetivo de reducir la presencia de insumos asiáticos dentro de las cadenas productivas norteamericanas.
"Probablemente debamos endurecerlas aún más", afirmó.
Aunque todavía no presenta una propuesta formal ni para vehículos u otros sectores, distintas discusiones apuntan a elevar el contenido regional requerido para los automóviles del 75% actual al 82%, además de incorporar un requisito para que al menos la mitad del contenido provenga de Estados Unidos.
La carta de USCIB constituye la primera respuesta pública de una de las principales organizaciones empresariales estadounidenses frente a ese escenario.
Y su principal argumento no gira alrededor de la política, sino del funcionamiento cotidiano de la manufactura regional.
Cuando un automóvil, un equipo médico o un servidor sale de una planta en México, pocas veces se trata de un producto completamente mexicano.
Antes de convertirse en un bien terminado, motores, componentes electrónicos, acero especializado, sensores, maquinaria y miles de piezas cruzan varias veces las fronteras entre México, Estados Unidos y Canadá. Esa circulación permanente explica por qué la integración manufacturera de Norteamérica se convirtió en una de las más profundas del mundo.
Un análisis del Instituto Económico de Corea (KEI) muestra hasta qué punto esa relación es hoy inseparable.
Casi tres de cada cuatro importaciones que Estados Unidos compra a México (72.2%), corresponden a bienes intermedios y de capital, es decir, piezas, componentes, maquinaria e insumos que alimentan nuevos procesos productivos. Del otro lado de la frontera ocurre algo similar: 77% de las exportaciones estadounidenses hacia México pertenece a esas mismas categorías.
Con Canadá, el patrón prácticamente se repite, ya que los bienes intermedios y de capital representan 70.2% de las importaciones estadounidenses desde ese país y 71.5% de las exportaciones dirigidas al mercado canadiense, según el mismo estudio.
En otras palabras, Norteamérica comercia mucho menos productos terminados de lo que intercambia piezas para fabricarlos.
Por eso USCIB considera que endurecer las reglas de origen de forma generalizada podría elevar costos en prácticamente toda la industria regional.
Actualmente, buena parte de los productos que comercian los tres países acredita su origen mediante el mecanismo conocido como cambio de clasificación arancelaria (tariff shift), un sistema que permite demostrar el cumplimiento del tratado sin realizar complejos cálculos sobre el porcentaje exacto de contenido regional.
La organización sostiene que ese esquema facilitó durante décadas la integración de las cadenas de suministro.
Su preocupación aparece si el modelo utilizado para la industria automotriz comienza a extenderse al resto de la economía.
Ese sistema exige cálculos permanentes sobre el contenido regional, información detallada de cientos de proveedores, auditorías constantes y mayores verificaciones por parte de las autoridades aduaneras.
Para USCIB, trasladar esa metodología a sectores como electrónicos, maquinaria, dispositivos médicos o farmacéuticos implicaría mayores costos administrativos, menor competitividad y una carga adicional para empresas y gobiernos.
Por ello propone que cualquier modificación sea excepcional, respaldada por evidencia técnica, construida junto con la industria y aplicada mediante periodos de transición razonables.
Paradójicamente, la organización no cuestiona el objetivo estratégico de Washington.
También considera necesario reducir la dependencia de proveedores chinos, combatir la triangulación de mercancías y fortalecer la manufactura regional.
Pero sostiene que la mejor forma de lograrlo no consiste en endurecer las reglas del tratado.
Recuerda que, durante los últimos años, cientos de empresas reorganizaron sus cadenas de suministro para instalar producción en México y Canadá como parte de las estrategias de nearshoring y diversificación frente a China.
Modificar ahora de manera amplia las reglas de origen, advierte, elevaría los costos de esas inversiones, reduciría la competitividad internacional de las compañías e incluso podría generar "consecuencias potencialmente devastadoras" para empresas exportadoras que dependen de proveedores instalados dentro de Norteamérica.
En lugar de cambiar la arquitectura del T-MEC, USCIB propone fortalecer la producción regional mediante incentivos a la inversión, financiamiento preferencial, compras públicas, simplificación regulatoria, una supervisión más estricta de las inversiones extranjeras y una cooperación aduanera más eficaz para combatir la evasión de las reglas actuales.
Un análisis del Hong Kong Trade Development Council (HKTDC) anticipa que las futuras reglas de origen podrían extenderse a prácticamente todas las etapas del proceso manufacturero, incluso a los insumos utilizados antes del ensamblaje final.
De concretarse ese escenario, empresas de China continental y Hong Kong que utilizan a México, y en algunos casos a Canadá, como plataforma de producción para abastecer al mercado estadounidense tendrían que generar un mayor valor agregado dentro de Norteamérica para conservar los beneficios arancelarios del T-MEC.
Así, lo que durante años pareció un debate reservado para especialistas en comercio exterior terminó por convertirse en una discusión sobre el futuro mismo de la integración económica de Norteamérica.
Mientras la administración de Donald Trump busca cerrar más espacios a los insumos asiáticos y reforzar la producción estadounidense, una parte importante del sector privado de ese país sostiene que la verdadera fortaleza industrial de la región no nació del aislamiento, sino de una cadena de suministro que durante tres décadas aprendió a operar como si las fronteras fueran parte de una misma fábrica.
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Fuente de Información: EXPANSIÓN